divendres, 29 de febrer del 2008

Historia de A Balbarda 57: 4ª entrega‏



En estos días de precampaña nos saturan los tópicos, y no quisiera que este relato añadiese ninguno más. Pero hay cosas que sencillamente no se pueden negar, que forman parte de nuestro universo físico, como la sucesión regular de equinoccios y solsticios.
Una de esas verdades es que la negación del amor no es el odio, sino la indiferencia y el olvido.

Es difícil, casi imposible, decir cual fue la historia real y completa de Gelita y el Tío Jesús. Una mezcla imprecisa de dominio, celos, quizás amor no confesado, también mucho odio. Pero jamás indiferencia.
No queda claro cuantas escenas de acoso o celos acontecieron antes de la fatídica discusión en el zulo, ni del número de veces que Gelita tuvo que renunciar a ir al cine o a dar una vuelta con un pretendiente cualquiera porque Jesús la llamaba aparte y le montaba una escena plena de gestos y amenazas.

Lo que sí se hizo patente a partir de entonces fue un constante resentimiento de Jesús hacia Gelita. Cualquier conversación o encuentro daba pie a insultos o descalificaciones: Si sabía que había estado hablando o bromeando con un vecino, en seguida dejaba claro a quien quisiera oir que Gelita era una cualquiera que se iba con todos. Si ella se retrasaba o fallaba por alguna razón en algún encargo, no dejaba de recordale a ella y a los demás presentes lo torpe que era.

Y en medio de todo ello, Gelita tenía que seguir ocupándose de Jesús por encargo de sus amos.
La posguerra iba avanzando. Abandonado el zulo por falta de seguridad, Jesús tuvo que refugiarse en otros lugares de confianza. Hubo una temporada en que el escondite quedaba en dirección a los montes del interior, y Gelita tenía que hacerse pasar por viuda de luto, deambular por caminos y senderos, y dejar el día y hora convenidos el lote de comida para Jesús en un escondite en un pinar propiedad de la familia. Todo eso esquivando la vigilancia de los militares y la Guardia Civil.

Los padres de Jesús (Señá Gelita y Eugenio) y su hermana Dolores, ya casada pero sin hijos, se gastaron una buena fortuna en pagar sobornos a autoridades, y en compensar económicamente a quienes corrían el riesgo de darle refugio.

Uno de los últimos lugares donde estuvo escondido Jesús estaba a cierta distancia de Vigo, muy cerca de Bayona, y había que hacer el trayecto en tranvía. A Gelita le tocaba hacer las visitas periódicas con provisiones. Alguna vez se le hizo de noche y tuvo que buscar pensión, sola, mujer, en un mundo un tanto revuelto aún. Era una sensación de riesgo constante sumada a la hostilidad de Jesús. Por si eso todo ello no fuese bastante, fue también Gelita la que se tuvo que ocupar de acudir a un médico cuando apareció embarazada una de las hijas de quien acogía a Jesús en ese momento, fue ella la que tuvo que hacer labores diplomáticas para que no se enterasen ni los padres de la joven ni los padres de Jesús, la que acompañó a la chica al local donde le practicaron el aborto y la que se ocupó de su convalecencia.

Tiempo después Jesús huyó a Portugal, y Gelita respiraba contenta pensando que ya no lo vería más. Pero regresó malherido de bala en un hombro. Gelita quiso negarse esa vez, pero sus amos se lo pidieron por favor, y al final no tuvo más remedio que atender a Jesús en el hospital. Fueron largos días de escaldarse las manos haciendo las curas con agua caliente, ante las miradas de los asistentes sanitarios que tenían su ánimo dividido entre sus simpatías hacia ella, y su rechazo a ese paciente que la trataba tan mal.

Cuando por fin se curó el hombro de Jesús, la familia decidió que la mejor solución era que se fuese a Argentina, a reunirse con sus hermanos mayores que ya hacia tiempo que estaban instalados. Todo el temor de Jesús era no poder pasar la inspección médica por las secuelas de la herida de bala, y no tener visado para marchar. “Pero puedes ir a la modista a que te haga una guata a medida, te la pones por debajo de la chaqueta y ya se te ven los dos hombros iguales y ya no notarán nada”… Era tal el ansia de Gelita de perder a Jesús de vista con todo un océano de por medio que no dudó en darle esa idea para que por fín pudiese embarcar.

Y así lo hizo Jesús, y finalmente, alrededor del año 1949, le llegó el día de zarpar rumbo a América. Gelita le rogó a Dios y al Santo Cristo de la Victoria con todo su fervor que aquel demonio que tanto mal le había hecho nunca más volviese a cruzar en barco por las Cíes de vuelta a Vigo. Y efectivamente sus plegarias fueron escuchadas, porque cuando Jesús volvió para hacer una visita a sus hermanas a finales de los 50, lo hizo en avión.

(Continuará)
La foto es del Tío Jesús por esa época, es el de la izquierda, ni se sabe quien es el otro.

1 comentari:

meiga ha dit...

Gracias por tu rapidez en colgar todo. Mañana de estas horas ya estaremos preparando la calçotada.

Petóns

PD: Gracias también por tu relato sobre miradas. Son cosas que tampoco dejan lugar para la indiferencia.